DICIEMBRE 2020

LA DIVERSIDAD COMO CLAVE PARA LA INCLUSIÓN

REFLEXIONES A PARTIR DE LA EXPERIENCIA PERSONAL

POR LA LICENCIADA VICTORIA COSTANZA para ACCIONA INCLUSIÓN
En este documento se procuró evitar el lenguaje sexista. Sin embargo, a fin de facilitar la lectura no se incluyen recursos como “@”, “x” o “-a/as”. En los casos en los que no se pudo evitar el genérico masculino deseamos que se tenga en cuenta esta aclaración.

 

INTRODUCCIÓN

A medida que nos involucramos más en el aprendizaje en relación a la diversidad funcional emerge cada vez con mayor visibilidad que eso que solemos denominar “capacidades diferentes”, y que consiste en intentar un esfuerzo notable para detectar singularidades en una porción específica de la población, es en realidad algo que ocurre -o debería ocurrir- de manera cotidiana en todos los ámbitos y con todas las personas.

Un ejemplo habitual por el que seguramente todos pasamos alguna vez: una cita con un profesional -de la salud, de la tecnología, del derecho o de la materia que fuese-, durante la cual no entendemos una palabra de lo que nos dice. En ese momento, sentimos la enorme necesidad de ser tratados como diversos: anticipame, explicame, dame tiempo, mirame a los ojos, respetame como sujeto. 

SI EXTENDIÉRAMOS ESA SENSACIÓN A TODA LA SOCIEDAD Y A TODOS LOS ÁMBITOS, LA DIVERSIDAD SE CONVERTIRÍA EN UNA PREMISA EN LA QUE TODOS TRABAJARÍAMOS COLECTIVAMENTE PARA QUE SE INSTALE DE MANERA ABSOLUTA Y DEFINITIVA.

Algo similar ocurre en la educación: contrariamente a lo que suele suponerse, las consultas de familiares con niños con inclusión son muy similares a las que realizan los familiares de niños sin inclusión. 

Las particularidades están a la orden del día en un caso y en otro: cómo motivarlos, cómo administrar la angustia, qué hacer cuando un niño manifiesta dificultades para expresar lo que le sucede -y esto se presenta tanto en niños que presentaban complicaciones en la adquisición del lenguaje como en aquellos que no tenían ningún obstáculo en ese terreno-, cómo controlar esos berrinches y esos enojos propios de quien no puede poner lo que le sucede en palabras.

El proceso que se vive con cada niño, con inclusión o sin inclusión, es diferente. Los recursos que deben emplearse en cada caso difícilmente puedan “copiarse y pegarse”. Más aún: una misma familia con hijos diferentes tal vez requiera mecanismos y herramientas totalmente disímiles para abordar cada problemática.

Nos falta mucho para incluir. Avanzamos en la integración pero no en la verdadera inclusión según la capacidad de cada uno. Vivimos en un mundo que, aún con todos los avances obtenidos en los últimos tiempos, es básicamente excluyente. En todos los sentidos y los ámbitos. 

Se tiende a masificar según cierta lógica de mercado que deja de lado la individualidad, las diferencias y la diversidad.

Es esencial que nos dejemos enseñar por las diferentes experiencias de los otros, sin buscar qué es “normal” y qué es una “capacidad diferente”, sino abrazando la diversidad que anida en cada uno de nosotros.

 

EL COVID-19 Y EL IMPACTO EN LA EDUCACIÓN:

A partir de marzo, el panorama de lo que conocíamos como habitual cambió: los niños dejaron de asistir presencialmente a la escuela y comenzaron a tener sus clases a través de plataformas tecnológicas, en el marco de una crisis sanitaria sin precedentes. 

Muchas familias se encontraron en ese momento con que niños que nunca habían experimentado problemas de aprendizaje comenzaban a padecerlos y que otros, que no habían tenido antes dificultades de atención, sufrieron notables inconvenientes para concentrarse en las clases o sentarse a completar sus tareas.

¿Qué ocurrió con los niños con inclusión? Se produjo un fenómeno en muchas familias por el cual hubo una adquisición de logros que no hubieran sido esperables sin el aislamiento social obligatorio. 

Algunos niños resultaron favorecidos por la denominada “cuarentena”. Las razones: el enfoque personalizado, la posibilidad de manejar los propios tiempos, la ausencia de presiones o el hecho de no sentirse arrasados por la masividad del aula y por los ritmos ajenos, que muchas veces se transforman en demandas insostenibles y desbordantes. 

Cada chico pudo ir a su tiempo, consolidando logros que de otra manera no se hubieran notado, en especial en los casos en que los estímulos externos terminan siendo demasiado invasivos. Al estar en casa, sintiéndose más acompañados por los padres y con una mirada casi “exclusiva” por parte de los docentes en particular y de la escuela en general, pudieron avanzar al propio ritmo.

Un elemento fundamental en este período fue la comunicación adecuada entre los referentes significativos de los chicos. En el caso de los niños con inclusión, esto abarca los equipos tratantes, los centros de inclusión, los maestros integradores, el equipo docente de la escuela, el equipo de orientación y las familias. La fluidez entre todas estas partes fue una pieza clave para que se alcancen los mencionados logros.

 

DESAFÍOS, OPORTUNIDADES Y DIFICULTADES DE LA MODALIDAD A DISTANCIA

En líneas generales, no obstante, en la modalidad a distancia queda más expuesta la dificultad de los niños -con o sin inclusión- frente al resto. Porque resulta más compleja la participación, las voces se mezclan y ser escuchado individualmente es prácticamente imposible, a eso se suman los ruidos de fondo -típicos del movimiento propio de cada hogar-, los estímulos de distracción se multiplican…

A todo esto hay que agregar que todos -incluyendo los docentes- quedamos supeditados a la calidad de conectividad que haya en cada momento, lo que genera muchas frustraciones. La cámara, por su parte, se puede tornar invasiva y persecutoria.

Por otra parte, se genera en este modelo un alto grado de exposición de los niños frente a los padres en lo que antes solía ser un espacio totalmente privado. 

Las fronteras se rompen y el desempeño de los chicos, las relaciones con sus pares y sus docentes, la forma de comportarse en el aula… todo comenzó a formar parte de la esfera pública. En ese mismo movimiento quedaron en evidencia el grado de negación y de resistencia de los propios padres frente a sus hijos en relación a los demás.

Se intensificaron las dificultades sociales en aquellos niños con problemas vinculares: el aislamiento social reforzó el aislamiento emocional. Uno de los mayores desafíos para los tiempos pospandemia es pensar cómo recomponer los lazos sociales.

¿Qué ayuda se puede dar a las familias en un escenario como el que vivimos? En principio, es importante alentarlas a que aprendan a escuchar a cada uno de sus hijos en su propia singularidad. Estar receptivas a los modos de cada uno y entender que una misma estrategia no siempre sirve para todos. Por eso, es importante regular las demandas en relación a las posibilidades de cada chico y aprender a seleccionar sus desafíos y exigencias.

El entrenamiento más efectivo para aproximarse a esto es mantener una escucha y una mirada atentas. De otra forma resulta imposible. Y para eso es necesario tener cierta predisposición al ensayo y al error, animarse a probar, equivocarse y volver a intentar otras formas hasta encontrar la que mejor le quede a cada uno. Parece sencillo, pero implica un gran trabajo. El resultado: una mirada empática con cada niño en particular.

Todo es aprendizaje. Para cada caso hay que tener la mirada amplia y la mente abierta, para comprender qué gana y qué pierde el chico. En general, solemos poner el foco en lo segundo y se escapa de nuestro foco lo primero.

Una lección aprendida de este período es que resulta muy importante encontrar la distancia óptima de los padres con los niños en relación a la privacidad de acuerdo a su edad y la etapa que esté atravesando. 

Encontrar los límites: cómo estar sin invadir, cómo ceder espacio sin abandonar, cómo ayudar -y hasta dónde- sin intervenir, hasta qué punto permitir que resuelvan de acuerdo a la manera en que cada niño puede y quiere, cómo tolerar la brecha entre la forma en que los padres creen que debe hacerse y la manera en que los niños están dispuestos a realizarlo, cómo habilitar las condiciones para que construyan el vínculo con los docentes desde ellos mismos, sin interferencias de los adultos. 

Los desafíos son numerosos y muy grandes.

Otro punto muy importante es dar importancia al soporte emocional más allá de lo académico: ambos aspectos deben tener el mismo nivel de relevancia. Fortalecer la seguridad de los niños es básico para que puedan aprender los contenidos intelectuales. Por eso se deben incluir los factores emocionales en juego como parte del proceso de enseñanza-aprendizaje, siempre considerando el nivel de educación en el que se encuentran. Incorporar espacio de sostén emocional para que circule la palabra de los niños en relación a lo que les pasa.

El apoyo institucional es fundamental para que los docentes también puedan sentirse contenidos, apoyados y reasegurados en su función. 

La mayor pérdida en esta pandemia fue en relación a los aspectos sociales. Reconocerla y aceptarla es el primer gran paso para, desde allí, reconstruir vínculos que permitan encontrar una manera -de nuevo, cada quien tendrá la suya, no hay dos casos exactamente iguales, todos somos diversos- para restablecer los lazos.

Es recomendable dar lugar a la angustia que estas pérdidas conllevan: ponerla en palabras que le permitan circular, simbolizarla de alguna forma para que no quede obturada, coagulada en el cuerpo. También hay que ceder un espacio al enojo, al berrinche, a las distintas maneras que manifieste cada uno para expresarse, ya que esa es la vía para que se libere esa tensión y comience a prevalecer el alivio. Recién desde esa posición se sentirán fuertes para reinventar sus vínculos sociales, fundamentales para el crecimiento emocional. Las familias pueden participar de este proceso de reinvención, pero sin perder de vista que las nuevas formas deben construirse sin dejar de reconocer aquellas que se perdieron.

 

REACOMODAMIENTO DE LA DINÁMICA FAMILIAR

Así como la pandemia nos enfrentó con un gran cambio en todo lo referente al ámbito educativo, también propuso reacomodamiento absoluto en las dinámicas familiares dentro de cada hogar.

Uno de los grandes desafíos que nos planteó esta era pandémica fue la búsqueda de un equilibrio en el uso de dispositivos con pantalla por parte de los niños. 

Particularmente en los primeros meses de aislamiento, las tabletas, los teléfonos móviles y las computadoras se convirtieron al mismo tiempo en la herramienta de asistencia a la escuela y de estudio, pero también de vínculo con los seres queridos (durante mucho tiempo, los niños se conectaron con sus abuelos, por ejemplo, exclusivamente por vías virtuales) o de comunicación con sus pares. El esfuerzo debe multiplicarse para que no queden capturados por las pantallas, en especial en las edades más tempranas, en las que es muy importante la riqueza del juego simbólico.

Desde lo emocional, angustias compartidas, enojos, frustraciones, potenciados por cada miembro de la familia hicieron de cada casa un lugar desconocido.

Nuevamente nos enfrentamos a la diversidad: no hubo dos familias que enfrentaran esta circunstancia de la misma manera ni que manejara los mismos tiempos de adaptación. De hecho, dentro de cada familia, sus diferentes miembros mantuvieron ritmos disímiles.

Algunos decidieron pasar a la acción rápidamente, mientras que otros necesitaron más tiempo.

Algunos no contaban con la cantidad suficiente de dispositivos para los requerimientos de una vida aceleradamente digital -trabajo en casa, educación a distancia, entretenimiento online-, pero disponían de los recursos para proveerse y salieron a conseguirlos de inmediato, mientras que otros, sin el dinero para comprar nuevos equipos, debieron compartir los que tenían y tolerar los tiempos de usos con los otros convivientes: surgieron novedosas maneras de negociar y acordar. Diversidad de recursos.

Hubo familias con mucho espacio para repartir y que cada miembro tuviera su privacidad, pero también otras con muy poco espacio que se vieron en la obligación de encontrar un lugar para cada quién, aún en hogares con un único ambiente. Familias con diversidad de espacios.

Así como los niños vieron vulneradas las fronteras de su privacidad en términos escolares, lo mismo ocurrió con los padres y el trabajo. Algunos se quedaron sin empleo, mientras que otros vieron cómo se les multiplicaban las obligaciones laborales. Sobraron los padres muy cansados, desbordados. Familias con diversidad de trabajos.

Los “no esenciales” pasaron mucho tiempo en casa con sus hijos, mientras que otros debieron seguir saliendo y de pronto se quedaron sin el espacio de las instituciones para apoyarse en el cuidado y la contención de sus hijos, que debieron quedarse muchas horas solos, al cuidado de hermanos mayores, y hermanos mayores que necesitaron quedarse al cuidado de hermanos menores. Familia con diversidad de situaciones.

Hubo personas que atravesaron el contagio de COVID-19: padres aislados en sus propias casas o en hoteles o internados. Seres queridos que no resistieron y fallecieron. Muertes en medio de la cuarentena que no ofrecieron la posibilidad de despedida, esencial para una adecuada elaboración simbólica de la pérdida. Familiares enfermos sin contención adecuada que atravesaron procesos de enfermedad en mayor soledad. Familias con condiciones de salud y enfermedad diversas.

Pocas veces quedó tan claro el peso de la diversidad. Cada una de las familias descriptas debió encontrar los recursos para alcanzar una salida posible de la situación que le tocó enfrentar. Los recursos diversos habilitan salidas diferentes. Lo que alivia a algunos no necesariamente nos alivia a todos: cada uno necesita encontrar su propio alivio con lo que dispone pero también con lo que le falta. 

Ese es uno de los grandes trabajos que podemos encarar en estos tiempos: darnos espacio para encontrar, luego de tanta angustia y de tanto cansancio, ese punto de alivio que nos enlaza nuevamente con la vida, con nuestra vida, con esa vida diversa que cada uno de nosotros lleva. 

Así estaremos preparados para seguir transitando este camino y también otros trayectos con obstáculos que puedan presentarse en el futuro. Porque así como este tiempo tuvo la particularidad de la pandemia, es esperable que cuando esto pase debamos enfrentarnos a otras realidades aún inciertas sobre las que todavía no tenemos ni siquiera una pista de cómo van a ser.

Aceptar, atravesar y crear con lo que tenemos.

A medida que la pandemia avanza, nos vamos enfrentando con nuevas preguntas. ¿Qué sensación nos produce cada nueva apertura, en especial ante el conocimiento de que las condiciones sanitarias no han cambiado mucho? ¿A qué se le llama la nueva normalidad? ¿A la reapertura de bares, teatros, gimnasios y casinos? ¿Qué ocurre con la vuelta a las clases presenciales? ¿Cómo responder ante esta nueva etapa? ¿Todos nos sentimos cómodos y seguros? ¿Qué hacemos con nuestros miedos? ¿Las nuevas disposiciones implican necesariamente la seguridad y la confianza para cuidar nuestra salud?

Una vez más, debemos apelar a la diversidad para entender que no todos lo vivimos de la misma manera. Existen diferentes condiciones de salud, por lo que no será igual para quienes abarcan la llamada “población de riesgo” o para quienes quieran o necesiten estar cerca de ellos que para aquellos que están fuera de este grupo. ¿Pero acaso no ser “población de riesgo” implica estar exento de riesgo?

Las decisiones son difíciles de tomar porque nos enfrentamos con nuestros propios límites y temores. Por eso nos encontramos nuevamente con la diversidad: es diferente para cada uno. Encontrar ese equilibrio entre lo que se quiere y lo que se puede será un nuevo desafío para este tiempo.

 

PRÓXIMO PASO: EL REGRESO A LAS CLASES PRESENCIALES

La decisión de volver a las clases presenciales es una gran iniciativa, pero impacta de manera diferente en cada uno de quienes componen la comunidad educativa. Implica una gran responsabilidad para las escuelas, los equipos directivos, los docentes, los padres y también los niños. No se trata solo del entusiasmo, de las ganas y de la emoción que produce reencontrarse en presencia, sino también -y fundamentalmente- de poner el cuerpo, de seguir protocolos y de asumir ciertos riesgos. 

Poder pensarnos diversos en este gran paso significa habilitar y acompañar las diferentes emociones que se despiertan en cada uno de los actores que intervienen del proceso.

El empuje y el entusiasmo que puede producir el encuentro con los otros al mismo tiempo genera el temor y la angustia propios de enfrentar un entorno que para algunos puede resultar amenazante. 

Respetar las diferentes emociones que puedan surgir, ponerlas en palabras y compartirlas produce un gran alivio para esta nueva etapa y una enorme ayuda para que cada uno pueda ir avanzando a su propio ritmo.

Es esencial bajar las exigencias y las demandas y admitir los diferentes tiempos, entendiendo que no existen buenas y malas maneras de enfrentar esta nueva realidad: solo son maneras diversas de intentarlo hasta que cada uno logre enfrentar su mejor forma.

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